Días 9 y 10. Rotos por la rua.

11 y 12 de febrero de 2019.
Hobbiton – Rotorua. Dd = 82,05Km. Dt = 309,55 Km.

Después de haber soltado el “pedal” del acelerador durante los dos días previos en Matamata y así haber podido hacer una colada rápida y relajar un poco las piernas, nos tocaba atravesar una pequeña cordillera antes de toparnos con el lago y la ciudad de Rotorua. En frente a su vez, dos problemas. El primero, la ausencia de sitios de acampada permitida a una distancia cercana a los kilómetros que veníamos haciendo los días anteriores. El primer camping interesante se encontraba a 30 kilómetros, y después ya no había nada hasta Rotorua, teniendo que completar unos 70 kilómetros. El segundo, que de esos 70 kilómetros, 30 eran cuesta arriba y por una carretera llena de camiones cargados de troncos o de leche, más los habituales turismos semi-tuneados neozelandeses.

Dispuestos a evitar el tráfico de cualquiera de las maneras, exploramos en Google Maps una carretera secundaria situada un poco más al sur, la cual nos llevaba a Rotorua en una combinación de tramos de asfalto y gravilla. Coger esta carretera significaba hacer unos 80 kilómetros hasta Rotorua, pero merecería la pena con tal de evitar el peligro.

Con la decisión ya tomada de intentar hacer destino en Rotorua, contactamos con un miembro de la comunidad Warmshowers, y le avisamos de que llegaríamos un poco tarde por nuestra decisión de llegar a Rotorua a través de una carretera secundaria. En un mensaje de texto, nuestro anfitrión nos avisa que si bien en Google Maps parecía haber camino, aparentemente la ruta no se podía llevar a cabo por esa carretera. Sin embargo, dispuestos a descubrir el por qué, decidimos seguir adelante. Lo peor que podía pasar era que tuviésemos que deshacer kilómetros y dejar Rotorua para otro día.

Ya rodando en la carretera secundaria, una señal nos avisa de que no es posible llegar a Rotorua – “No exit, turn back”, repetía otra señal. Pero la idea de recorrer la carretera nacional llena de camiones nos daba más miedo y decidimos testear hasta donde podíamos llegar puesto que ya no teníamos tiempo de llegar a Rotorua de otra manera.

Pocos metros después, un todoterreno pick-up con el logo de una empresa se para a hablar con nosotros. El hombre nos dice que ese no es el camino correcto a Rotorua, que siguiendo esta carretera hay solo bosque y que es posible que nos perdamos y pongamos nuestra vida en riesgo. En el mismo momento, dos camiones de transporte de madera con el logo de la misma empresa aparecen de la siguiente curva y tienen que parar por nuestra culpa. Uno de los camioneros nos avisa también de que no sigamos por esta carretera. Confiando en nuestros GPS y en que siempre nos podíamos dar la vuelta, decidimos seguir adelante, pero esta vez con algo más de tensión en el cuerpo, con la incertidumbre de que en la siguiente curva alguien nos volviera con represalias. En ese caso, pensábamos pedirles que nos dejaran cargar las bicis y nos llevaran al camping más cercano. Expectantes del ruido de algún coche y con la intranquilidad aumentando por momentos, nos sumergimos en una zona forestal que combina partes vírgenes, con partes taladas y con otras partes cuyos arboles jóvenes reflejan que se trata de un bosque comercial. En el silencio de la ruta, bromeamos con que a lo mejor después del día de hoy, tenemos material para hacer un capítulo de “Equipo de Investigación” versión Nueva Zelanda sobre deforestación ilegal en el país.

La broma ya no nos hace tanta gracia cuando otro camionero de la misma empresa se para a avisarnos de nuevo sobre la imposibilidad de continuar nuestro camino. Sin embargo, no acaba de darnos una razón convincente. Nos habla de caminos estrechos, con camiones que viajan cargados de madera a una velocidad estrepitosa, nos habla de que no nos dejarán pasar. A ello le contestamos si podríamos entonces hablar con el encargado, ya que en Google Maps el camino parece viable y vamos preparados para intentarlo. La respuesta de nuevo no es convincente y acaba con un “yo no lo haría”, que asusta un poco, ya que parece que todos andan ocultando algo.

Cada vez más nerviosos, seguimos para adelante. La carretera sigue siendo genial, y nos encontramos de frente a varios turismos que con mucha probabilidad conducen empleados de la empresa maderera. Decidimos parar a uno de ellos para preguntarle sobre la carretera, y nos comenta que puede que haya una valla pero sí que podríamos probar a preguntar si nos dejaban pasar.

Los nervios se acentúan cuando llegamos a un complejo de edificios en medio de la nada y la aparición del primer hombre que tanto miedo nos había metido en primer lugar parece ahora inminente. En cambio, nos topamos con una pareja de origen maorí conduciendo una polvorienta pick-up. Les preguntamos de nuevo sobre la misteriosa carretera secundaria y sobre si ésta estaba cerrada al público. La respuesta que recibimos nos impulsa finalmente a intentar la gesta. Al parecer no está tan claro si la propiedad es privada o es publica, pese a que una señal nos vuelve a advertir de que si entramos deberemos asumir las consecuencias. También nos comentan que si no queremos que nos echen atrás, lo que debemos hacer es seguir todo recto sin coger el primer desvío a la derecha, donde imaginamos que se centraba la actividad de la empresa maderera.

Tras desobedecer el último cartel,  nos adentramos ahora en un camino de gravilla con los cincos sentidos puestos en detectar la aparición de uno de los camiones. Ya vemos el desvío a la derecha el cual no debemos coger. Lo pasamos con toda la prisa que nos podemos dar con una bici de 40 kilos. Un minuto después, miro hacia atrás y ya algo lejos, detrás de Paula, veo una gran nube de polvo. ¡Uff! ¡Por los pelos! Debió de ser otro de los camiones saliendo del desvío. Después de eso, nos iban a esperar kilómetros de gravilla en medio del bosque, con cuestas que nos obligan a empujar la bici en más de una ocasión.

Ya cansados, el GPS refleja que el límite con el municipio vecino no queda muy lejos. El mapa también parece indicar un cambio de camino a carretera así que esperamos con ansia a que llegue ese momento. Pero lejos de encontrar una carretera asfaltada con una larga bajada, lo que encontramos es…¡bosque!.  Llegamos al cruce de caminos. A la izquierda y a la derecha los caminos están en buen estado, pero en frente, el camino que andábamos buscando apenas merece ya ese nombre. Es el típico camino con grandes surcos por todos lados que solo un tractor podría atravesar, y unos metros después se convierte en senda, pero ni rastro de una posible salida a priori… Bajamos de la bici y comienzo la inspección a pie mientras Paula se queda con las bicis.

Ni las bicis se tenían ya en pie. Al fondo, el teórico camino de salida.

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Alejandro aparece entre los arbustos, primero corriendo, después caminando a paso ligero pero sin hacer ninguna señal, todavía a lo lejos. Mi mente me la juega y está segura de que no ha encontrado salida, pero en el fondo del más hondo resquicio de mi ser albergo siempre un pellizco de esperanza, y no es distinto ahora. 

-Y bien???? 

– Hay salida!!! Pero no va a ser fácil arrastrar las bicis hasta ella.

Arrancamos, con energía renovada y viendo la luz al final de la maraña de hierbajos y restos de coche y basura. Las agujetas al día siguiente las tendríamos en los brazos. 

¡Cooooonseguido! Y qué placer volver a ver rastro de civilización, acceso a agua y auxilio, y sobre todo dejar de tener la sensación de estar dejándote el aliento en ese camino de gravilla y pedruscos sin una posible salida. 

Continuamos la mar de contentos hasta la población más cercana, Mamaku, previa a Rotorua. Paramos en un pequeño comercio a por algo de cena por si al llegar a destino era demasiado tarde y a por unas chucherías que desaparecieron en medio minuto, de reloj. 

Pasada la sensación de pájara, ya no solo por el agotamiento físico, sino también por la tensión acumulada sobre la senda prohibida, ponemos rumbo a Rotorua. Una ducha calentita y un techo firme nos aguardan, no podemos pedir más. Para nuestra mayor alegría, resulta que esos 20 km que nos faltaban, serían entre llanos y cuesta abajo! Iiiupiiii !! 

Entramos en la ciudad con una luz anaranjada de atardecer preciosa, y la civilización, por una vez, nos hace felices. También paramos a visitar a unas llamas que pastaban tranquilas en una parcela, nunca dejarán de hacernos gracia. Nos dirigimos a casa de nuestro primer anfitrión de Warmshowers, que terminará por parecernos el mejor de la historia sin incluso tener a nadie con quien compararle todavía.

Llegamos con la luz justa para vislumbrar su sombra en la terraza, terminando su cena. Cena que había cocinado para él y también para nosotros, carne picada con vegetales, un guacamole extraordinario, ensalada fresca, nachos con queso horneado y arroz ¡No podíamos creerlo! ¡Y qué viva México! Al entrar por su puerta, al son del himno de España que sonaba en sus altavoces (tampoco podíamos creerlo) empezamos a salivar al aroma de dichos manjares, con todo el hambre que traíamos en las alforjas.

Fue de gran ayuda decidiendo la ruta de los días sucesivos, con los ciento y un mapas y libros de rutas en bici que guarda en casa. Pasamos todo el día siguiente en Rotorua ante su gentil oferta de pasar una noche más bajo su techo, y nos llevó a conocer los lagos Rotokakahi y Tikitapu. Alrededor de éste último caminamos por una senda preciosa impregnada de verde salvaje y el azul del lago cuando la vegetación le permitía asomarse al alcance de nuestra vista. John es un gran amante de la fotografía, la naturaleza vista desde la bici y sus dos piernas mochila al hombro, así que tuvimos la suerte de recibir una magistral lección sobre botánica propia de la zona.

A todos nos resulta familiar el emblema de los uniformes de la selección de Rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks. El helecho plateado (silver fern), o “ponga” en el idioma maorí, es una especie de helecho arborescente endémico de las islas, cuya imagen está literalmente en todas partes: logos de partidos políticos, uniformes o incluso dando nombre a equipos de rugby, fútbol, cricket y netball (una especie de baloncesto pero sin tablero en la red, mayormente practicado por chicas y muy popular aquí y en Australia. No sé cómo se las apañan sin el tablero), medios de transporte, logos de comunidades granjeras, pegatinas de la fruta y un largo etc.

Su hoja se ha convertido en un símbolo de la nación tras brotar por primera vez hace casi dos millones de años y es muy importante en la cultura maorí. Era utilizada por los guerreros como guía en las batallas nocturnas al desatarse conflictos entre las tribus; y es que colocadas en el suelo su color plata brillaba con la luz de la luna.

Las nuevas frondas de este helecho plateado desplegable surgen del llamado Koru o bucle, forma espiral símbolo de la cultura maorí que representa la idea de movimiento perpetuo y al mismo tiempo el retorno al punto de origen. Es comúnmente usado como símbolo de la creación, y es el logotipo de la aerolínea de Air New Zealand.

Esa noche cocinamos nosotros, un buen tortillón de patata, que ya vamos teniendo experiencia después del año en Australia donde todos querían probarla. John hizo el postre, con avena y ruibarbo de su huerto, que nunca habíamos probado y cuyo sabor no puede dejar indiferente a nadie. Lo acompañó con helado Hokey Pokey, de vainilla y bolitas de caramelo, que hay que probar si vienes a Nueva Zelanda. ¡Kiwi is!                 

Muchas gracias John!!!!

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7 comentarios sobre “Días 9 y 10. Rotos por la rua.

  1. Menuda sofocacion de senda interminable con final feliz. Y la llegada a Rotorua de fábula.
    Seguid disfrutando par de … aventureros!! 🤣🤣🤣😘😘😘

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  2. Ese es el espiritu superpedaleto! Hacia adelante siempre, digan lo que digan. Y si hay que volver pues se vuelve pero que no sea por intentarlo.
    Animo pareja!!

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